Idolatría

La parashá de esta semana, Ki Tisá (cuando cuentes) comienza con el mandato de dar medio shekel (majatzit haShekel) para que Moshe pueda contar cuántos judíos había. En general, cuando se trata de la observancia de una Mitzvá, nuestros sabios insisten en la completitud de la observancia, o sea, en hacerlo de la mejor manera posible, de la forma más bella posible, etc. Sin embargo, en ésta Mitzvá de majatzit haShekel encontramos algo opuesto: se debe dar medio shekel.

Más aún, la Torá enfatiza varias veces que debe darse medio shekel, y hasta define cuánto es medio shekel: 10 guerá: ¿Por qué no dice la Torá que cada uno debe dar 10 guerá, una medida “completa” en lugar de enfatizar el medio shekel?

Nuestros sabios dicen que el dar el medio shekel era una forma de expiación por el pecado del Becerro de Oro. Ahora bien, si está tan enfatizado la idea del medio en esta Mitzvá, podemos asumir que en ese énfasis hay una especie de corrección de dicho pecado. El pecado del Becerro de Oro fue una forma de idolatría (avodá zará). El pecado de idolatría consiste en separarse de Di-s y asumir que hay otras existencias en el mundo aparte de El. La raíz de esa separación es el sentimiento de independencia del hombre. El sentimiento de poder vivir sin Di-s puede desembocar en idolatría.

Por eso, la corrección de ese pecado es el reconocimiento de la unicidad de Di-s que llena toda la creación. Cuando la persona reconoce que no tiene una existencia independiente de Di-s y que El es la fuente de su vitalidad y sustento, automáticamente queda anulada posibilidad de idolatría.

Esta idea está encerrada dentro del medio shekel. La Torá le dice al judío que debe dar una expiación por su alma. Pregunta el iehudí: ¿Cuánto valgo? La Torá le responde: tú eres solamente una mitad. No tienes existencia independiente de Di-s. Sólo cuando te unes a El (la otra “mitad”), es que, juntos, son una cosa completa.

De aquí aprendemos también qué significa la unión con Di-s. Di-s y el iehudí no son dos cosas separadas que se juntan, sino que son, por así decir, dos mitades que, juntos, hacen una cosa completa.

Esta unión está presente dentro de cada iehudí y se espera de cada uno y cada una que, a lo largo de toda su vida, revele esa unión, para hacer de sí mismo y del mundo a su alrededor un santuario para Di-s.

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